Vanguardia
No es un bonito apodo el de “Cagancho”, ciertamente. Jardiel Poncela solía decir que el nombre daba lugar a pensamientos que nada tenían de taurinos. No iba el remoquete ni con el nombre ni con el tipo del torero, un hombre extraordinariamente guapo. Gitano de raza pura, hijo y nieto de gitanos, tenía ojos verdes y tez aceitunada. Fue ídolo de los aficionados, pero más de las aficionadas, y aun de las que no lo eran. A diferencia de casi todos los diestros, que se visten en un cuarto de hotel, él se vestía en su casa. Salía al patio ya vestido de torero, y su madre le decía con admiración:
Lo quisieron contratar para filmar una película. Él rechazó la oferta, pues se enteró de que debía presentarse en el set a las 6 de la mañana. Acotó, desdeñoso:
-No soy panadero pa’ estar levantado a esa hora. A alguien se le ocurrió preguntarle si sabía hablar inglés. –¡Ni lo permita Dios! –exclamó asustado.




