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Ha pasado una década desde que André-Pierre Gignac, en la cúspide de su carrera, sorprendió a todo el mundo dejando atrás Europa y firmando con Tigres. Nadie lo sabía entonces, pero acababa de nacer una leyenda
El cuerpo médico del Olympique Marsella, su entonces club, determinó que había un solo camino para recuperar físicamente a Gignac: integrarlo al famoso programa de adelgazamiento patentado por el francés Henry Chenot, un enfoque que combina “medicina de precisión, sanación tradicional china y hospitalidad de lujo”.
Como descendiente de gitanos andaluces y miembro adoptivo de la comunidad manouche, su infancia itinerante por el sur de Francia, entre ferias y caravanas, sirvió para desarrollar un atributo fundamental en su personalidad: la capacidad de endurecerse. “Pasé grandes momentos cazando ciervos y conejos”, rememoró para la revista So Foot.
Diego Calmard, periodista francomexicano y autor del libro Gignac: El Bomboro, argumenta que el origen gitano de Gignac “lo acerca mucho a las culturas latinas”. Como fanático desde niño del Marsella, “el club más latino y caliente de Francia”, le seducían mucho los ambientes de equipos asociados a la clase popular como “Boca Juniors o los propios Tigres”.
México, a diez años de distancia, pasó de ser una aventura exótica a un refugio sentimental para André-Pierre Gignac.




